Capítulo 2
“Nada hay más hermoso que un padre llegue a convertirse en un amigo de sus hijos, cuando éstos llegan a perderle el temor, pero no el respeto.”
José Ingenieros
Me llamo Arturo.
Nací en Lima, Perú, un día caluroso de 1983.
Soy el primero de 3 hermanos.
Niño nacido en tierras latinas.
“Nada hay más hermoso que un padre llegue a convertirse en un amigo de sus hijos, cuando éstos llegan a perderle el temor, pero no el respeto.”
José Ingenieros
Me llamo Arturo.
Nací en Lima, Perú, un día caluroso de 1983.
Soy el primero de 3 hermanos.
Niño nacido en tierras latinas.
Niño con apariencia y sangre oriental, pero con corazón y pensamiento peruano.
Lengua materna el español, algunas palabras en japonés.
Una especie de Inca Kola dentro de una botella de “Sake”.
Una mixtura entre lo peruano y lo japonés.
!Un Nikkei!
Bueno...hasta allí quizá todo bien.
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Una mixtura entre lo peruano y lo japonés.
!Un Nikkei!
Bueno...hasta allí quizá todo bien.
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Pero había un problema en mí.
Un problema muy profundo.
A una temprana edad mostraba signos de extrema timidez. Y es que era el resultado de una equivocada educación por parte de mi padre. Él creía que la mejor forma de educarme era a través del castigo físico.
La verdad no lo culpo y es que entiendo lo difícil que es ser padre.
Quizá hubiese sido más fácil, si al nacer, hubiese traído no sólo el pan, sino un manual de instrucciones bajo el brazo.
Sé que él pensaba que ésa era la mejor forma de educación, pero la realidad le demostraba lo contrario.
Cuando me comportaba mal recibía unas buenas nalgadas y luego era encerrado por varias horas en mi cuarto. En esos días aprendía cómo divertirme en la más profunda soledad: imaginando historias de venganza, dibujando, escribiendo, durmiendo, etc.
Y cada vez me ponía peor: Orinaba en la cama, lloraba tremendamente cuando me alejaba de mamá, no tenía amigos, tartamudeaba y hasta tuve principios de autismo.
Desafortunadamente, mi hermano también sufría las consecuencias y es que necesitaba desahogarme con alguien. Alguien más débil que yo. Así que nos encontrábamos en un círculo vicioso: Mi papá me pegaba, yo hacía lo propio con mi hermano, y mi hermano se comportaba mal.
La situación para nosotros dos se agudizaba y mi progenitor desesperaba.
Fui enviado a distintos psicólogos, médicos, profesores. Pero mis problemas no solucionaban: seguía tímido y tartamudeando.
Mi papá estaba perdiendo las esperanzas cuando recibió el mejor de los consejos:
-Señor el castigo físico no es la solución. Sólo hará que su hijo se ponga peor. Lo que usted debe hacer es darle amor, cariño. Cuando lo vea déle un abrazo, déle un beso…juegue con él el mayor tiempo posible. Verá como su hijo cambiará.
Y efectivamente cambié. Mi hermano cambió. ¡Santo remedio!
Pero hay heridas en el alma que no son fáciles de borrar.
Heridas que te marcan de por vida, que marcan tu forma de ser.
Forma de ser que se repetiría en casi todas mis relaciones…
Cosa que comprobé a partir de mi primera decepción amorosa.
ATH

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